A Garganta da Serpente
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Carlos Barbarito
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A Marianne Moore

Excluida la idea de la inmortalidad,
quedan el polvo,
la hierba,
el agua que forma charcos,
la rama desde la que canta el pájaro,
cierto misterio que la razón
supone sombra pasajera.
Queda, en fin, la vida,
el cuarto donde una mujer se sube las medias,
el otro cuarto, acaso contiguo,
donde dos se desnudan
y se abrazan, y al terminar
se dicen, uno al otro:
no moriremos.

 

 

María Gracía Subercaseaux, Espejo

Los ojos abiertos, cuando está oscuro,
los ojos cerrados, cuando estalla
el relámpago. ¿Qué
falla en el instante puro,
en la instancia más abierta y destilada?
No somos polvo ni hierba.
Y lo somos, aunque entremos al mar
y, entre olas, sepamos
que allá abajo hay plantas y peces.
¿Quién instaló muerte,
azar? ¿Quién puso llama
en el extremo de la vela,
bestias cabeza abajo,
dolor en el dolor?
¿Es todo cuanto podemos decir?
¿Y esa que, desnuda,
al pie de una cama
con sábanas revueltas,
a sí misma se contempla?
¿Dónde de sí hacia el mundo
la roca viva,
la indócil materia en bruto?
No todo lodo viene de la lluvia
ni toda desnudez supone deseo.
Una sombra no significa presencia de luz.
La luz se rompe cuando parece más fuerte.
¿De qué lado sopla el viento
cuando alguien pisa las hojas secas
y no se entristece por ellas?

 

 

Terminaré en los manglares - la voz,
libro que se entreabre -, desnudo,
en un punto medio entre cualidad y sustancia.
Por ahora se nutre de ojos, hogueras,
bajo amplias telas suspendidas, el peso
atado y atada la medida. ¿ En
qué conjetura a esta hora el mercurio celeste,
el diseño terreno? ¿ Quién posee
algo, sino él, al menos en aire,
en semejanza?
                      (Enciende
y oscurece, el tronco en la corriente,
el metal bajo la tierra, respiran,
no reposan.)
                   Después, al extremo de la luz,
a comienzos de la sombra,
se derramará hacia los tallos en la sal,
líquido, casi sueño.

 

 

Oyente sin descanso, el sonido
es denso y ancho, dura hasta las últimas piedras.
Todo entra por el oído, incluso
la lluvia que el sueño supone oblicua,
el tiempo, contado en horas
o mudas de piel de serpiente
o jarros con leche que hierve.
Y cuanto vibra es mundo,
cavidad de cuerpo, expuesta, oculta,
sábana que vuela, desnudo
que huye del paraíso
y entra, feliz, en el infierno.

 

 

Dice toro como dice mar
y extiende la gruesa piel
y en ella traza un mapa.
En el centro, palabra o número,
verbo o cantidad que concentra.
Poliedro. En cada cara,
azafrán, ave, cobre
y brújula, y todos son la misma cosa
y tienen la misma carga.
Hay un espacio y una flecha.
En el espacio, casas, ciudades.
Atado a la punta de la flecha,
un pequeño dios nace
y muere a cada rato,
y , en cada una de sus breves vidas,
se dirige al centro de la tierra
y establece un reino transitorio
entre candentes líquidos que fluyen.

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última atualização: 14.11.08
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